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A menudo me han preguntado qué hace una licenciada en Biología como yo dentro del sector inmobiliario. Os confieso que durante un tiempo no supe qué contestar. Hasta que un día di con la respuesta: para mí, las casas tienen vida. Y la tienen en el sentido más puro de la palabra: hay que cuidarlas y mimarlas para que se conviertan en el hogar de nuestros sueños, en el espacio perfecto que te abraza cada día cuando termina una dura jornada de trabajo. Por eso mi principal norma es la siguiente: nunca vendo una propiedad en la que yo no viviría.

Al igual que un ser vivo, cada casa tiene una historia, y yo intento hacerla mía, empatizar con ella. Solo así consigo que el proceso, que gestiono yo al 100%, finalice con éxito.

Me gusta encontrar ese algo especial a las viviendas con las que trabajo; es, también, como encontrar ese talento único en las personas. Para que yo me ocupe de esa venta necesito descubrir el encanto que encierra: vistas al mar, carácter propio, una luz especial… Pero, sobre todo, cuando me hago cargo del proceso, pongo el acento en el cliente. Él o ella son quienes me importan, mucho más que las ventas. Y sé cómo hacerlo para que en todo momento mis clientes se sientan seguros.

Porque lo importante, para mí, es ocuparme de cada detalle sin que los propietarios o quienes están buscando un hogar tengan la más mínima molestia. Me gusta que sepan que estoy para ellos a cualquier hora y que seré yo quien lo haga. Sin intermediarios. Como extenista que ha competido dentro y fuera de España estoy muy acostumbrada a pelear duro por alcanzar una nueva meta. Quienes han comprado o vendido una propiedad conmigo dan fe de ello.